1929-1932: FRAGMENTO del capítulo 8. ¿Quién
dirigió la insurrección de febrero?, de la Historia
de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Citamos del primer tomo de la edición en español: Trotsky: Historia de la Revolución Rusa. Tres tomos. Ruedo Ibérico, París (impreso en Alençon), 1972. 293, 304 y 430 páginas. La traducción del prólogo y de los capítulos 1 a 37, 40, 41, 44, 45 y Apéndices es de Andrés Nin. La de los capítulos 38, 39, 42, 43, 46, 47 y Conclusiones es de Lucía GONZALEZ y Luis PASTOR. La edición estuvo a cargo de Juan ANDRADE y José MARTINEZ.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Justo de la Cueva. Iruñea, Nafarroa, Hego Euskal Herria. 15 de junio de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
"La leyenda de la espontaneidad no explica nada. Para apreciar
debidamente la situación y decidir el momento oportuno
para emprender el ataque contra el enemigo, era necesario que
las masas, su sector dirigente, tuvieran sus postulados ante los
acontecimientos históricos y su criterio para la valoración
de los mismos. En otros términos, era necesario contar,
no con una masa como otra cualquiera, sino con la masa de los
obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que
habían pasado por la experiencia de la revolución
de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de
diciembre del mismo año, que se estrelló contra
el regimiento de Semenov, y era necesario que en el seno de esa
masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia
de 1905, que supieran adoptar una actitud crítica ante
las ilusiones constitucionalistas de los liberales y de los mencheviques,
que se asimilaran la perspectuva de la revolución, que
hubieran meditado docenas de veces acerca de la cuestión
del ejército, que observaran celosamente los cambios que
se efectuaban en el mismo, que fueran capaces de sacar consecuencias
revolucionarias de sus observaciones y de comunicarlas a los demás.
Era necesario, en fin, que hubiera en la guarnición misma
soldados avanzados para la causa, o, al menos, interesados por
la propaganda revolucionaria y trabajados por ella.
En cada fábrica, en cada taller, en cada compañía,
en cada café, en el hospital militar, en el punto de etapa,
incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba
una labor callada y molecular. Por dondequiera surgían
intérpretes de los acontecimientos, obreros precisamente,
a los cuales podía preguntarse la verdad de lo sucedido
y de quienes podían esperarse las consignas necesarias.
Estos caudillos se hallaban muchas veces entregados a sus propias
fuerzas, se orientaban mediante las generalizaciones revolucionarias
que llegaban frangmentariamente hasta ellos por distintos conductos,
sabían leer entre líneas en los periódicos
liberales aquello que les hacía falta. Su instinto de clase
se hallaba agudizado por el criterio político, y aunque
no desarrollaron consecuentemente todas sus ideas, su pensamiento
trabajaba invariablemente en una misma dirección. Estos
elementos de experiencia, de crítica, de iniciativa, de
abnegación, iban impregnando a las masas y constituían
la mecánica interna, inaccesible a la mirada superficial,
y sin embargo decisiva, del movimiento revolucionario como proceso
consciente.
Todo lo que sucede en el seno de las masas se les antoja, por lo general, a los políticos fanfarrones del liberalismo y del socialismo domesticado, como un proceso instintivo, algo así como si se tratara de un hormiguero o de una colmena. En realidad el pensamiento que agitaba a la masa obrera era incomparablemente más audaz, penetrante y consciente que las indigentes ideas de que se nutrían las clases cultas. Es más, aquel pensamiento era más científico, no solamente porque en buena parte había sido engendrado por los métodos del marxismo, sino, ante todo, porque se nutría constantemente de la experiencia viva de las masas, que pronto habrían de lanzarse a la palestra revolucionaria. El carácter científico del pensamiento consiste en su armonía con el proceso objetivo y en su capacidad para influir en el y dirigirlo.......
.... A la pregunta formulada más arriba: ¿Quién dirigió la insurrección de febrero? podemos, pues, contestar de un modo harto claro y definido: los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin". (páginas 137, 138 y 139)